Fecha: 2017-12-08

El destino de los falsos pastores


«Giman, pastores, y clamen, revuélquense en el polvo, jefes del rebaño, porque les ha llegado el día de la matanza; serán dispersados». Jeremías 25: 34, NVI

EL MINISTRO QUE SACRIFICÓ la verdad para ganarse el favor de los demás, discierne ahora el carácter y la influencia de sus enseñanzas. Es aparente que un ojo omnisciente lo seguía cuando estaba en el púlpito, cuando andaba por las calles, cuando se mezclaba con la gente en las diferentes escenas de la vida. Cada emoción del corazón, cada línea escrita, cada palabra pronunciada, cada acción encaminada a hacer descansar a la humanidad en una falsa seguridad, fue una siembra; y ahora, en las almas miserables y perdidas que lo rodean, él contempla la cosecha. [...]

Los pastores y el pueblo ven que no sostuvieron la debida relación con Dios. Ven que se rebelaron contra el Autor de toda ley justa y recta. El rechazo de los preceptos divinos dio origen a miles de fuentes de mal, discordia, odio e iniquidad, hasta que la tierra se convirtió en un vasto campo de batalla, en un abismo de corrupción. Tal es el cuadro que se presenta ahora ante la vista de los que rechazaron la verdad y prefirieron el error. Ningún idioma puede expresar la vehemencia con que los desobedientes y desleales desean lo que perdieron para siempre: la vida eterna. Aquellos a quienes el mundo idolatró por sus talentos y elocuencia, ven ahora las cosas en su luz verdadera. Se dan cuenta de lo que perdieron por la desobediencia, y caen a los pies de aquellos a quienes despreciaron y ridiculizaron a causa de su fidelidad, y confiesan que Dios los amaba.

La gente se da cuenta de que fue engañada. Se acusan unos a otros de haberse arrastrado mutuamente a la destrucción; pero todos concuerdan en lanzar sobre los pastores la más amarga condenación. Los pastores infieles profetizaron cosas halagüeñas; indujeron a sus oyentes a menospreciar la ley de Dios y a perseguir a los que querían santificarla. Ahora, en su desesperación, estos maestros confiesan ante el mundo su obra de engaño. Las multitudes se llenan de furor. «¡Estamos perdidos! –exclaman- y ustedes son la causa de nuestra perdición»; y se vuelven contra los falsos pastores. Precisamente aquellos que más los admiraban en otros tiempos pronunciarán contra ellos las más terribles maldiciones. Las mismas manos que los coronaron con laureles se levantarán para aniquilarlos. Las espadas que debían servir para destruir al pueblo de Dios se emplean ahora para matar a sus enemigos. Por todas partes hay luchas y derramamiento de sangre.- El conflicto de los siglos, cap. 42, pp. 636-638.

Autor: Ellen G. White | Libro: De Vuelta al Hogar

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